martes, 11 de septiembre de 2012
La facilidad de adherirse a las masas
Se sentó al lado de la ventana, en la parte derecha, al fondo pero sin llegar al final del todo, pues ya era conocedor de los mejores sitios a esas horas de la mañana. Quizá demasiado tiempo viviendo en la rutina. Pero nunca reparaba en ese aspecto. Se sentía bien.
Una vez colocado, mientras se repartía a su alrededor el resto de gente, echó un vistazo al exterior. Empezaba a salir el Sol, y prometía ser una mañana calurosa como ninguna. Suerte que del aire acondicionado que empezó a resoplar potente cuando el autobús se puso en marcha. Se acomodó sacando un libro sobre Psicología de las Masas, una interesante edición que había encontrado en una tienda de segunda mano por no más de 75 céntimos, una vieja ganga. Sumido ya en la lectura del primer cuarto de hora, a pesar de tener la cara helada por el aire acondicionado que atacaba desde arriba, empezó a sentir un incómodo calor. Miró discretamente a los demás pasajeros en busca de un indicio de empatía, algún abanico zumbando junto a alguna señora de tamaño considerable, unas gotas en la frente de algún empresario bien formal. Pero nada. Un par de universitarias sumidas en sus móviles de última generación, un señor alto y con bigote toqueteando muy serio la tecnología de su tablet, una señora con la mirada perdida junto a su hija en silencio y atenta a los auriculares de su reproductor. Allí todo el mundo parecía contentarse con la infernal temperatura del autobús, así que disimuladamente, a pesar de la dificultad de movimiento, consiguió quitarse la chaqueta del traje para enfrascarse de nuevo en la lectura. La tarea se le iba haciendo cada vez más imposible, pues el sudor ya le resbalaba por la frente y de nuevo observó a los presentes inmóviles y ausentes, llegando a un comportamiento robótico.
Confuso, notó de repente que el calor provenía de algún lugar cercano a su pierna derecha, de la pared del autobús, bajo la ventana. Inspeccionó con cuidado el lugar dándose cuenta del fallo. Allí, a lo largo de toda la pared, se extendía un aparato metálico de calefacción que habría jurado que estaba encendido y desprendiendo los mismísimos vapores del averno. ¡Todo solucionado! — Pensó. Pero tal y como iba haciéndose la idea de avisar al conductor de su error, esperaba que humano, la inseguridad se abría paso en su cerebro. ¿Cómo es que nadie parecía darse cuenta del calor? No era el único que llevaba traje, el señor con bigote continuaba con la chaqueta puesta. ¿Nadie se había cambiado de sitio incómodo? A su parecer todo el mundo había permanecido impasible sin mover un solo dedo. ¿Y si sólo eran imaginaciones suyas? Era imposible que de todas las personas de aquél autobús, tan cercanas la mayoría a las paredes calefactoras, solamente él se hubiera dado cuenta o molestado un mínimo por aquella tortura.
Mientras leía unas pocas palabras de su libro sin prestar mucha atención al significado, se fue convenciendo poco a poco, quilómetro tras quilómetro, de que todo iba bien. Que sólo había dado rienda suelta a la imaginación, quizá entre las ensoñaciones matutinas de la lectura freudiana. Que todos los presentes estaban tan tranquilos por la perfecta temperatura que les envolvía, y quizá también por el agradable olor a algún tipo de asador que acababan de dejar atrás. La vida era maravillosa.
Al fin llegaron a la parada y uno a uno se fueron levantando para continuar con sus vidas en la ciudad. Fue el último pasajero el que se dio cuenta de unas extrañas manchas oscuras que desde los asientos hasta la puerta se extendían por el suelo del autobús. Las siguió con la mirada mientras avanzaba hacia la salida, por curiosidad. No todas eran recientes, las menos secas conservaban un color rojizo. Desconcertante fue el descubrimiento de unos pequeños fragmentos medio deshechos adheridos a las paredes del autobús, al metal de la calefacción junto a los asientos. Algunos aún burbujeaban dejando tras de sí un pequeño hilo de humo, desprendiendo un olor repugnántemente apetecible.
domingo, 2 de septiembre de 2012
Prométeme recuerdos
miércoles, 20 de junio de 2012
Fueron mis ríos contra tus carreteras de humo
miércoles, 13 de junio de 2012
Espejos de fatal esencia
martes, 29 de mayo de 2012
Abatidos
lunes, 29 de agosto de 2011
Entre paredes de color sepia II
Me levanto del suelo estupefacta y giro el pomo de la puerta. La empujo con cuidado, llena de un miedo melódico que oprime mis pensamientos, para dar paso a la nueva habitación, esta vez sin ninguna luz que penetre en ella... La total oscuridad que la gobierna contagia la duda como la peor de las enfermedades. Aun así mis temblorosas piernas se adentran en su reino dejando la puerta atrás, cerrando el despertar a mi espalda y abriéndose paso a la nueva habitación. La visión me ha sido negada, pero mis manos buscan con cuidado la música que sigue alimentando el aire con sus notas.
Intento adivinar el tamaño de la habitación, buscar las esquinas con mis dedos. Sigo la rugosa pared con el tacto a la espera de el límite perpendicular que la conforma, pero nunca llega. Con las manos llenas de polvo y siguiendo la misma trayectoria pienso en el infinito de la superficie pero al momento se ve negada por la obviedad. La música sigue sonando a la misma distancia por más que me aleje siguiendo la “pared infinita”.
En ese momento las luces se encienden, dos velas en la pared son las causantes.
Me encuentro en una habitación con forma de circunferencia. Vacía. El techo es bajo y la sensación de claustrofobia aumenta. La puerta ha desaparecido. No hay ventanas. En medio, una antigua mesa llena de polvo carcomida por los años. Encima, una caja de música abierta. Un espejo refleja mis ojos en el interior de la tapa abierta, me devuelven la mirada.
Una cadena anclada a la mesa serpentea en el suelo. En el otro extremo, mi tobillo.
[[Imagen de Tonyzsista, artista de Deviantart]]
lunes, 25 de julio de 2011
Entre paredes de color sepia

Me despierto de nuevo con esa extraña sensación en el cuerpo. Noto un dolor agudo en la espalda, lo que me hace ver que estoy tumbada en un duro y frío suelo que no reconozco. Me froto los ojos pero no veo con más claridad, una especie de bruma me envuelve mezclada con la oscuridad. ¿Cuánto tiempo llevo allí? Solo un fino rayo de luz se atreve a penetrar en aquel extraño lugar a través de un pequeño agujero en lo alto de la pared, cuarteada, llena de suciedad, digna de la más antigua de las fotos. Si no fuera por que apenas llega luz juraría que el paisaje que me envuelve ha olvidado el color, que solo entiende de tonos sepia en el ambiente.
Me incorporo para analizar el lugar, no sin dificultad, y me encuentro un pasillo largo, vacío. Los años no han podido acabar con las paredes agrietadas, doloridas... que quejumbrosas crujen bajo su propio peso, amenazando con desplomarse de un momento a otro. Es un pasillo infinito ante mis ojos, solo veo una lúgubre opacidad al otro lado del mismo, como si de las fauces de una bestia se tratara. No hay más decoración que la madera desnuda, aunque sí las sombras de la que lo ornamentaba antaño, joven y bello, espléndido.
La madera vuelve a crujir al pasar la mano por una de las sombras que adivino como una antigua pintura. Siento la imperiosa necesidad de salir de aquel lugar, de continuar el pasillo hasta el final, así que me dejo llevar por una dulce melodía que parece sonar a lo lejos. Avanzo poco a poco, como en trance pero el pasillo es demasiado largo, quizá sea demasiado angosto. Empiezo a caminar más deprisa mientras la madera vuelve a chirriar bajo mis pasos. ¿No se acaba nunca este pasillo? Sigo la única trayectoria posible cada vez más ansiosa, al borde de echarme a correr, pero entonces vislumbro algo. La oscuridad del fondo pronto se transforma en un esbozo de una pared en la que espero encontrar la salida. Pronto la alcanzaré, pronto...
Algo me hace parar en seco apenas a unos metros de la pared.
No hay nada.
Es una simple pared vacía, sin una puerta, ni ventanas, sin una sola sombra de nada.
Un callejón sin salida.
No puedo aceptarlo y, en mi locura, grito a las paredes que me oprimen más que nunca, grito desesperada llena de rabia e ira, y me duele. Me duele el cuerpo y deseo explotar en medio de aquel infierno. Golpeo aquella pared sin ninguna esperanza, con lágrimas en los ojos y entonces la escucho. La débil melodía suena al otro lado de la pared entre el silencio que ha acallado mis gritos. Deseo alejarme de allí y corro hacia el lado contrario, confusa y exasperada, volviendo a pisar mis propias huellas en el polvo sepia. Corro hacia la misma oscuridad de la que procedo hasta que se acaban mis pasos, hasta el lugar donde desperté.
Algo me deja inmóvil en aquel sitio. Caigo de rodillas mirando sin poder parpadear una gran puerta en la pared que había visto mi despertar. El silencio de mi asombro introduce una dulce música al otro lado de la puerta...
Continuará...
[[Imágen de MaryPoppinss, artista de Deviantart]]




